La tristeza juega con argucias imprevisibles. Se cuela unas veces con sigilo, otras con orgullosa presencia, pero se cuela. Estoy triste. Y es que Fidel ha renunciado ( ya le tocaba al "hombre mitad tirano, mitad mesías"); la precampaña electoral es una indecisión entre la ruindad y la estulticia; las regiones autoinducidas a paises se piensan únicas e intransferibles y mandan a por pipas las ideas de confraternidad y convivencia con las que hoy se ganan la vida los educadores; las autoridades internacionales le dan legitimidad a la ilegalidad y a los nacionalismos trasnochados; etc. Solo espero que los kosovares sean más felices que yo después de la que están formando.
A este lado de la noticia, el noticiando se halla aburrido de la paupérrima capacidad de entretener de los políticos (es lo poco que se les exige habida cuenta de que están empeñados en mandar mensajes directos, mediáticos, publicitarios, porque ellos saben que no nos interesan los grandes discursos de ideas en los que se apoya el sentido de propuesta que debe tener toda opción política). Le pagan una pasta a unos señores encargados de sintetizar toda su esencia ideológica en pocas palabras, en fotos bien estudiadas, en destacar tres decisiones que tuvieron la aprobación de las encuestas en su día y aún así, el aburrimiento ganaría hoy con mayoría absoluta (tipo las mayorías de la democracia de Fidel, hasta hoy claro) estas elecciones. Todas nuestras esperanzas de entretenimiento, intelectual o no, han quedado reducidas al doble debate cara a cara de los aspirantes que se darán proximamente. Y si eso es una esperanza, ya puedo ir desempolvando la bandera del centenario del Sevilla porque seguro que este año volvemos a ganar la copa de Europa.
En fin, no conocí nunca un antídoto más eficaz contra la tristeza que la ironía, que no es que te haga feliz, pero sí que te desplaza hasta una lejanía lo suficiente como para que la realidad se prensente menos poderosa y temible. Mientras yo discuto con la tristeza, tú busca alguna excusa," hoy hay partido", "tengo mucho trabajo", "María está con la depre y me tiene muy pendiente de ella", lo que sea, pero no hables bajo ningún concepto de política o de la realidad cotidiana. Kosovo será libre, pero tu tienes que sobrevivir aquí.
miércoles, 20 de febrero de 2008
miércoles, 9 de enero de 2008
!No a la tortura, Sí al terrorismo!
¿Alguien puede cuestionar la aplastante razón que tiene todo aquel que condena enfáticamente la tortura? Casi nadie se atrevería. Desde muy pequeño comprendí que ejercer un abuso sobre otro de menor fuerza, física o mental, era un acto de cobardía miserable que debía combatir inexcusablemente el resto de mi vida. Está claro que si esta apasionada convicción la hubiera llevado a cabo durante toda mi vida con el mismo furor con el que esta revelación encendió mis deseos de justicia, mi vida íntima y egocéntrica se habría reducido hasta límites que no alcanzo a imaginar siquiera, debido a la inabarcable cantidad de trabajo que tendría que afrontar. El mundo no me lo pone fácil . Y es que nadie hace lo suficiente (defecto de muchos, consuelo de ineptos). Pero es prácticamente unánime. A casi todo el mundo le repugnan los actos de tortura y de abuso de poder.
Lo que yo me pregunto es, ¿todo el mundo tiene la misma autoridad moral para condenar la violencia?. El otro día un grupo de proetarras se manifestaba en contra de los supuestos actos de tortura producidos a uno de los dos etarras arrestados a principios de semana. Estos indignados manifestantes apelaban al derecho de protección de la dignidad humana; criticaban la tortura y el abuso de poder; exigían "humanidad". Sí, he dicho humanidad. Dan por hecho que todo el mundo sabe que la tortura física o psicológica y el abuso policial, son infinitamente más inhumanos que el asesinato, el secuestro o la extorsión. Y me temo que no todo el mundo tiene esa perspectiva de lo que es, o no es, humano. Algunos, incluso metemos en el mismo saco unas actuaciones y otras.
Si alguno de esos policías cometió delito y torturó o ejerció un ilícito abuso de poder contra uno de esos asesinos, debe pagarlo. Eso no es lo que hacemos quienes tenemos una común manera de entender la violencia. Personalmente, me parece delirante e irritante el contemplar cómo algunos aplican ese doble rasero a la hora de condenar la violencia. Una es violencia inhumana y la otra es política; una nace del abuso de la porra y la otra de la convicción de un derecho coartado; una amorata y rompe algún hueso de un asesino y la otra vuela en pedazos, dispara a la sien, secuestra durante meses, hace la vida imposible, o roba la libertad a seres humanos que piensan diferente. No son la misma violencia, es verdad que tienen bastantes diferencias. Y sin embargo a ambas hay que detestarlas. Ninguna funciona; ninguna arregla nada; ninguna es humana.
Sobre el problema de ETA poco falta por decir aún. Quizás el reto por abordar sigue siendo el problema político vasco, que es real y hay que mirar a la cara algún día, con sinceridad, mutua empatía y palabras inteligentes, o sea, constructivas. Si existe algún invitado indeseable en esta futurible reunión de las ideas, esa es ETA. Con ETA hay que hablar, sí. Hablar sobre su inutilidad y su punto final. Las últimas palabras que se dialoguen con ETA serán las que difuminen su historia, las que la conviertan en un ejemplo didáctico del pasado erróneo. Pero estas palabras son necesarias. Es más, son imprescindibles.
Mientras las grandes decisiones se hacen esperar, algunos tantean el protagonismo mediático con circenses espectáculos de hipocresía, colmando la irritación de los que no necesitan más razones para odiar y generando impotencia entre los que no necesitamos más mierda que siga pudriendo nuestra esperanza.
Lo que yo me pregunto es, ¿todo el mundo tiene la misma autoridad moral para condenar la violencia?. El otro día un grupo de proetarras se manifestaba en contra de los supuestos actos de tortura producidos a uno de los dos etarras arrestados a principios de semana. Estos indignados manifestantes apelaban al derecho de protección de la dignidad humana; criticaban la tortura y el abuso de poder; exigían "humanidad". Sí, he dicho humanidad. Dan por hecho que todo el mundo sabe que la tortura física o psicológica y el abuso policial, son infinitamente más inhumanos que el asesinato, el secuestro o la extorsión. Y me temo que no todo el mundo tiene esa perspectiva de lo que es, o no es, humano. Algunos, incluso metemos en el mismo saco unas actuaciones y otras.
Si alguno de esos policías cometió delito y torturó o ejerció un ilícito abuso de poder contra uno de esos asesinos, debe pagarlo. Eso no es lo que hacemos quienes tenemos una común manera de entender la violencia. Personalmente, me parece delirante e irritante el contemplar cómo algunos aplican ese doble rasero a la hora de condenar la violencia. Una es violencia inhumana y la otra es política; una nace del abuso de la porra y la otra de la convicción de un derecho coartado; una amorata y rompe algún hueso de un asesino y la otra vuela en pedazos, dispara a la sien, secuestra durante meses, hace la vida imposible, o roba la libertad a seres humanos que piensan diferente. No son la misma violencia, es verdad que tienen bastantes diferencias. Y sin embargo a ambas hay que detestarlas. Ninguna funciona; ninguna arregla nada; ninguna es humana.
Sobre el problema de ETA poco falta por decir aún. Quizás el reto por abordar sigue siendo el problema político vasco, que es real y hay que mirar a la cara algún día, con sinceridad, mutua empatía y palabras inteligentes, o sea, constructivas. Si existe algún invitado indeseable en esta futurible reunión de las ideas, esa es ETA. Con ETA hay que hablar, sí. Hablar sobre su inutilidad y su punto final. Las últimas palabras que se dialoguen con ETA serán las que difuminen su historia, las que la conviertan en un ejemplo didáctico del pasado erróneo. Pero estas palabras son necesarias. Es más, son imprescindibles.
Mientras las grandes decisiones se hacen esperar, algunos tantean el protagonismo mediático con circenses espectáculos de hipocresía, colmando la irritación de los que no necesitan más razones para odiar y generando impotencia entre los que no necesitamos más mierda que siga pudriendo nuestra esperanza.
lunes, 31 de diciembre de 2007
La fiesta cotillón de Dios
Se nos escurre el 2007 entre los dedos dejándonos las manos viscosas, llenas de vergüenza, tragedia e ironía. A estas alturas seguro que a todos ya nos han invadido la memoria, vía flechazo televisivo, con una de esas crónicas anuales tan terribles en donde la narración de los meses se viste de tragedia, guerra, injusticia y cambio climático. Es difícilmente soportable, para alguien con cierto grado de humanidad, esta catarata incesante de realidades funestas y desoladoras con que nos resumen cada año. Alguno dirá, "es lo que hay, ¿acaso mienten?". Y es cierto, no mienten, pero sí seleccionan, y aún así no cabe excusa. El mundo es un hervidero de turbantes febriles que acaban hechos pedazos; de políticos improvisados esclavos de su careta; de lluvias malignas; de hermanos que se apuntan a matar; de olvidados y olvidadizos; etc., ... y un etc. de los malos y largos.
El ser humano sigue perdido y perdiendo. Y aunque no intente disculpar a ningún hijoputa ni disipar sus vergüenzas, lo cierto es que buscar la causas del desastre en los clásicos culpables recurrentes, ya no es suficiente. Faltan explicaciones y sobran culpables. 2007 es otro capítulo más del libro menos necesario que se escribiera jamás: "Cómo ser un inhumano". No creo que exista mayor y más noble reto que el de matar al escritor de tan salvaje cuento. Y mientras, Dios, o al menos los que se dicen sus representantes, se montan su particular fiesta cotillón fin de año en Madrid poniendose hasta el culo de mala leche y deseando mucha rabia e intolerancia para los próximos meses. No lo hicieron en una fiesta privada, con la familia (tanto que la defienden, tómate por culo), sino que salieron a la calle, a expresar sus opiniones católicas y coléricas, y en tono político además. En tan hermanada fiesta dijeron del gobierno (embargados por un profundo amor cristiano, eso sí) lindezas tan ajustadas a la realidad como: "el laicismo del gobierno nos puede llevar al fin de la democracia"; o "la familia está siendo sacudida con leyes injustas"; o "el ordenamiento jurídico ha dado marcha atrás respecto a la declaración de los derechos humanos"; o " el gobierno aboga por manipular ideológicamente la educación de los jóvenes". No creo que comentario alguno pueda ilustrar mejor el espíritu catastrofista, beligerante y peligrosamente demagógico de estas frases.
Alguno buscó tras la desenfrenada bacanal cristiana, algún disfraz de obispo o cura escondido en cualquier esquina tras el que pudo estar oculto el señor Rajoy. El candidato de la oposición estuvo allí, y si no se le vió fue poque estaba solo intelectualmente. Seguramente como "negro" (alguien tuvo que escribir esos catoliquísimos panfletos electorales, ¿no?). Pero a quien no se le vió ese día fue a Dios. Los manifestantes afirmaban que andaba por allí, algunos aseguraban incluso que estaba en varios sitios a la vez. Pero lo cierto es que nadie le vió. A mi, personalmente, me queda la esperanza de que ese día, Dios decidiera tomarse unas vacaciones en cualquier lugar del infinito, donde olvidar la repugnante vergüenza que le estaba produciendo la fiesta cotillón que "su" gente celebraba ese día en Madrid.
El ser humano sigue perdido y perdiendo. Y aunque no intente disculpar a ningún hijoputa ni disipar sus vergüenzas, lo cierto es que buscar la causas del desastre en los clásicos culpables recurrentes, ya no es suficiente. Faltan explicaciones y sobran culpables. 2007 es otro capítulo más del libro menos necesario que se escribiera jamás: "Cómo ser un inhumano". No creo que exista mayor y más noble reto que el de matar al escritor de tan salvaje cuento. Y mientras, Dios, o al menos los que se dicen sus representantes, se montan su particular fiesta cotillón fin de año en Madrid poniendose hasta el culo de mala leche y deseando mucha rabia e intolerancia para los próximos meses. No lo hicieron en una fiesta privada, con la familia (tanto que la defienden, tómate por culo), sino que salieron a la calle, a expresar sus opiniones católicas y coléricas, y en tono político además. En tan hermanada fiesta dijeron del gobierno (embargados por un profundo amor cristiano, eso sí) lindezas tan ajustadas a la realidad como: "el laicismo del gobierno nos puede llevar al fin de la democracia"; o "la familia está siendo sacudida con leyes injustas"; o "el ordenamiento jurídico ha dado marcha atrás respecto a la declaración de los derechos humanos"; o " el gobierno aboga por manipular ideológicamente la educación de los jóvenes". No creo que comentario alguno pueda ilustrar mejor el espíritu catastrofista, beligerante y peligrosamente demagógico de estas frases.
Alguno buscó tras la desenfrenada bacanal cristiana, algún disfraz de obispo o cura escondido en cualquier esquina tras el que pudo estar oculto el señor Rajoy. El candidato de la oposición estuvo allí, y si no se le vió fue poque estaba solo intelectualmente. Seguramente como "negro" (alguien tuvo que escribir esos catoliquísimos panfletos electorales, ¿no?). Pero a quien no se le vió ese día fue a Dios. Los manifestantes afirmaban que andaba por allí, algunos aseguraban incluso que estaba en varios sitios a la vez. Pero lo cierto es que nadie le vió. A mi, personalmente, me queda la esperanza de que ese día, Dios decidiera tomarse unas vacaciones en cualquier lugar del infinito, donde olvidar la repugnante vergüenza que le estaba produciendo la fiesta cotillón que "su" gente celebraba ese día en Madrid.
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