El cliente del bigote negaba con la cabeza mientras leía algo en el periódico. Parecía preocupado por exhibir su opinión abiertamente. "Menudo país que tenemos, ponme una dorada y me la limpias por favor". Al principio (tenía un día espeso), el menudo se me cruzó con la dorada y dudé si lo que el hombre me pedía era que limpirara el país. Pronto recuperé la noción de mi profesión y me limité a limpiar el pescado. "Un cuchillo y unas tijeras parecen poca artillería para enfrentar una revolución sangrienta", pensé con una sonrisa íntima mientras destripaba la dorada con desdén. Luego pensé en la triste vida de aquel pez en la piscifactoría. Una vida previsible, llena de horarios y relaciones superficiales. Luego sentí pena de mí mismo. Al darme la vuelta con la dorada perfectamente desfigurada me encontré a una señora con sus dos hijos, que no era clienta habitual, hablando apasionadamente con el señor del bigote. "Tiene usted razón, la culpa es de los padres. ¿Cómo es posible que no sepan que sus hijos salen a emborracharse?, ¿cómo no saben que eso no les va a traer nada bueno?. Yo no lo entiendo". "Señora, es un problema de educación, los hijos no respetan a los padres porque estos no se dan a respetar, se limitan a defender a los niños en todos los aspectos de su vida, en el colegio, en la casa, con los demás niños, con lo que los niños se acostumbran a tomar todas las decisiones que a ellos respecta y esto, porsupuesto, acaba siendo dramático", dijo el del bigote muy indignado con un volúmen de voz que superaba el necesario para que la señora le pudiera oir nítidamente. Al terminar su discurso pareció bajar de un púlpito, cogió la bolsa con la dorada, me dió las gracias y se fue como abriéndose paso entre la espesa estupidez del mundo. "Qué razón tiene el señor", me dijo la señora como si acabara de oir a Jesucristo. Yo asentí (asentir es parte de mi trabajo) y puse cara de preguntarle qué se iba a llevar. La mujer miró al mayor de sus dos hijos, podría tener 7 años. "Bueno Mario, que está esperando el señor, ¿qué quieres comer hoy de pescado?, ¿quieres acedías?, ¿boquerones?, ¿un filete de pez espada?". El niño negaba con la cabeza y le decía a su madre con la mirada que se callara la puta boca, que ella ya debía saber que él no come pescado. "Ay, este niño siempre igual, que no quiere comer pescado con lo sano que es. Anda hijo, dime qué quieres comer". "Pareces tonta mamá, sabes que yo prefiero pizza, el pescado no me gusta y punto", le dijo el pequeño dictador. "En fin, pues nada hijo (esta vez el apelativo de hijo iba por mi) que no quiere pescado, qué le vamos a hacer". La madre, su agonizante autoridad, su cara de madre cansada y superada por el pluriempleo cotidiano (casi esclavismo) y los dos niños, se marcharon camino de los congelados donde el futurible delincuente colmaría, como de seguro era habitual, sus deseos caprichosos y arbitrarios con una jugosa pizza.
sábado, 12 de septiembre de 2009
lunes, 27 de julio de 2009
Juego de niños
¿Es que no piensa salir del agua nunca?. !Lleva 20 minutos jugando como un niño!, pensé. "El oleaje está hoy superdivertido Carmen, ¿no vienes a bañarte conmigo?". Por supuesto que no, no soy una niña. Y si lo fuera tampoco me entusiasmaría revolcarme entre aguas embravecidas, llenas de algas y espuma blanca sospechosamente densa. Tu sí, tu puedes hacer lo que quieras. Y exhibir tu cuerpo de fantoche treintañero y barrigudo saltándo como si tu alegría no provocara la risa de nadie, como si el ridículo te resbalara y no te importara que yo tuviera que cargar solita con toda la vergüenza. Luego volverás como si nada, a trote descompasado, sin aliento (la lástima es que lo acabas recuperando) y, como siempre, se te ocurrirá alguna lastimosa broma sin gracia, como mojarme de ese estraño líquido que te cubre, mitad agua salada mitad sudor. Sudas mucho cariño. Y mirarás a las familias de nuestro alrededor con una sonrisa inútil buscando una complicidad que ellos intentarán evitar como sea, haciendo agujeros en la arena, buscando el refugio de una mirada tiesa, inerte, o huyendo al chiringuito a tomar una cerveza que no quieren tomar, que es cara y está caliente. "No, báñate tu cariño". Eso fue lo que le dije, el resto solo lo pensé. El resto era toda la verdad que me quemaba y que guardaba como si callara un tumor. Recuerdo que lo miré con todo el desprecio que pude. Por un momento, me pareció demasiado y me asusté. Luego intenté dormir sobre mi toalla, cansada y convencida de que en cuanto saliera de aquel baño patético, le diría todo lo que él, por estúpido, porque solo era un niño, jamás adivinaría sin oir la sentencia de mis labios.
Me pareció un pestañeo pero pasó media hora. En la playa no es fácil distinguir los gritos de alarma y auxilio de los que generan la alegría, los juegos o el esparcimiento. Todos huelen a sal y te llegan envueltos o empujados por una suave brisa que omite los matices de la desesperación y el miedo. Me despertaron los gritos. Luego oí temblar la tierra a mi alrededor. Decenas de personas pisaban la arena en una carrera frenética que no entendí al principio. Al incorporarme vi a mucha gente corriendo hacia la orilla. "Se está ahogando, mira, no puede nadar". Diferentes versiones escuché que contenían la misma información. Alguien se ahogaba. "Un niño", escuché. Lo volví a oir. Miré hacia donde se dirigían las brazadas de varios hombres, a un punto relativo donde debía estar el epicentro de la tragedia. Ya no había nadie. "Se lo ha tragado el mar", escuché que decían algunos niños que estaban en la orilla. "Pobre niño", pensé. Entonces busqué a Francisco entre los hombres que iban al auxilio del malogrado bañista. No lo distinguí. "Qué cobarde, seguro que se ha escaqueado del drama". De pronto sentí que un escalofrío me arañaba el vientre, lento y profundo, atravesándome el tronco hasta la espalda. Me miré incluso, por si sangraba. Yo estaba bien, pero me iba a morir. Pregunté como una loca por la orilla a todo el mundo. "Creo que se trata de un niño", "dicen que es un niño", "un niño, seguro". Pero Francisco no estaba. Ni vino nunca a incomodarme con sus bromas pueriles, ni a contarme sus aventuras de luchador temerario contra las olas terribles de aquel día, ni a sonreir estúpidamente como un adulto inconcluso, como un hombre imposible. El niño nunca fue encontrado. Francisco tampoco.
Me pareció un pestañeo pero pasó media hora. En la playa no es fácil distinguir los gritos de alarma y auxilio de los que generan la alegría, los juegos o el esparcimiento. Todos huelen a sal y te llegan envueltos o empujados por una suave brisa que omite los matices de la desesperación y el miedo. Me despertaron los gritos. Luego oí temblar la tierra a mi alrededor. Decenas de personas pisaban la arena en una carrera frenética que no entendí al principio. Al incorporarme vi a mucha gente corriendo hacia la orilla. "Se está ahogando, mira, no puede nadar". Diferentes versiones escuché que contenían la misma información. Alguien se ahogaba. "Un niño", escuché. Lo volví a oir. Miré hacia donde se dirigían las brazadas de varios hombres, a un punto relativo donde debía estar el epicentro de la tragedia. Ya no había nadie. "Se lo ha tragado el mar", escuché que decían algunos niños que estaban en la orilla. "Pobre niño", pensé. Entonces busqué a Francisco entre los hombres que iban al auxilio del malogrado bañista. No lo distinguí. "Qué cobarde, seguro que se ha escaqueado del drama". De pronto sentí que un escalofrío me arañaba el vientre, lento y profundo, atravesándome el tronco hasta la espalda. Me miré incluso, por si sangraba. Yo estaba bien, pero me iba a morir. Pregunté como una loca por la orilla a todo el mundo. "Creo que se trata de un niño", "dicen que es un niño", "un niño, seguro". Pero Francisco no estaba. Ni vino nunca a incomodarme con sus bromas pueriles, ni a contarme sus aventuras de luchador temerario contra las olas terribles de aquel día, ni a sonreir estúpidamente como un adulto inconcluso, como un hombre imposible. El niño nunca fue encontrado. Francisco tampoco.
domingo, 19 de julio de 2009
Punto Final... y aparte.
Los que saben algo de Hiphop sabrán que están escuchando HipHop. Los que no, sabrán que están escuchando buena música. Los que llevamos más de media vida buscando alguna certeza sobre el misterio del HiHop pero vivimos la ambición de encontrarnos cada día con la música que no sabemos y estamos abiertos a los buenos sonidos vengan de donde vengan, sabemos que Punto Final es punto y aparte, que aquí se combinan con habilidad insólita paisajes de la más interesante electrónica, del mejor Triphop, del progreso bien entendido y de la mejor genética de la esencia del rap. Los que se arrodillan ante los aburridos preceptos del HipHop inmutable, o los que, aún peor, lo hacen antes las inclasificables estéticas posmodernas de este estilo (colorido estridente, gorras planas y perversiones peores, porque no se ven, se oyen), quizás no pasen del desconcierto, la increduilidad o la indiferencia. Los que sientan desconcierto o increduilidad aún pueden salvarse (por favor, seguid buscando, de eso a la curiosidad va un paso). Los otros solo pueden esperar el mismo trato. Los que nada sepan de este grupo onubense, aún están a tiempo porque lo último que están grabando seguramente sea, claramente, lo mejor del grupo hasta ahora. Los que apostamos porque grupos como Punto Final tengan el justo reconocimiento y los medios precisos para que sigan creando libremente, tenemos una misión: hablar de ellos.
Disfrutad y difundid.
http://www.myspace.com/puntofinalprods
PD: Yo no pertenezco a Punto Final. De mi música hablaremos otro día.
Disfrutad y difundid.
http://www.myspace.com/puntofinalprods
PD: Yo no pertenezco a Punto Final. De mi música hablaremos otro día.
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