domingo, 18 de julio de 2010

El pescadero contra la escama: (7) El miedo.

"Señorita Marta, acuda a caja por favor". La megafonía del supermercado suena estridentemente, como una vieja quejosa, pero su volumen es atronador, "que es lo que interesa", frase que lleva adosada perfectamente a su inventario verbal nuestro querido supervisor general. Pero Marta nunca acude, no porque sea la única bendecida con el don (en este caso) de la sordera, sino porque no existe. Esta frase es un código secreto, una alarma sorda que nos pone sobre aviso, solo a los empleados, de que alguna persona sospechosa acaba de entrar en la tienda, siempre según el caprichoso o tendencioso o racista o absurdo o perspicaz criterio de la cajera de turno. Justo entonces, cada miembro del batallón perezoso de trabajadores del supermercado se dispone a abandonar su tarea para encomendarse a la labor de búsqueda, espionaje y, si fuera preciso, intercepción del supuesto malhechor. No es un batallón de valientes, así que lo de remolonear antes de ir a la caza del gitano, yonki o negro de rigor es algo habitual. Yo suelo acudir el primero. El carnicero tiene 60 años y da igual que le eche cojones, va a llegar tarde. La charcutera es de espíritu frágil y bondad pasmada y, además, no es charcutero. En definitiva, yo suelo ser el primero en enfrentarme con el patetismo criminal del mono de una pobre drogodependiente o con las expertas argucias de un par de gitanas en busca de algún botín de poca monta, cuando no me veo mirando de reojo a un hippy polvoriento y desaliñado que normalmente no va a robar absolutamente nada y que se va de la tienda indignado por la persecución a la que le sometemos y sin la litrona que esperaba comprar. "Bien hecho, señores", nos anima orgulloso después el encargado creyendo haber disuadido a un ladrón que se ha ido con las manos vacías. Tristísimo.

Aquel día, la diana de las sospechas era un joven negro, bajito, muy africano, vestido con camiseta de camuflaje, vaqueros y una gorra con el símbolo de algún equipo de baloncesto americano. Un tipo normal de no ser porque lo que la ropa no ocultaba era su piel negra. Por eso y porque no lo conocíamos. Tenemos un trato cotidiano, de tolerancia mutua y convivencia tranquila con los gorrillas de la zona: subsaharianos, drogadictos y alcohólicos en su mayoría. Nuestro barrio es un barrio bien, clase media bastante acomodada que linda prácticamente con un gueto de las afueras. Yo también mudaría de barrio para ganarme la vida. Pero este joven era nuevo y lo que procedía era catarlo. Le pregunté si buscaba algo y me dijo lo que quería, su acento era bueno, no acababa de recalar en España. Advertí que era un tipo duro, por sus maneras, por el desdén y la distancia de sus palabras. No sentía la necesidad, aunque fuera por supervivencia, de ser amable con la gente con la que pensaba convivir por algún tiempo en su nuevo barrio, mientras se dedicaba al inestable oficio de aparcacoches. Le supuse un pasado terrible. Me lo imaginé machete en mano aplicando una justicia atroz a los miembros de la tribu de al lado. Lo ví drogándose con los jóvenes de su pandilla antes de enfrentarse a la crueldad propia y a la de sus contrarios en la espesura de un bosque color verde sueño, pero real como la sangre. Lo presentí angustiado en la odisea de un viaje en cayuco, arrepentido de haber apostado por el destino de venir a España para ayudar a su familia, o para huir de la justicia de los hijos de los muertos de la tribu de al lado. Pero el negro solo buscaba una botella de agua helada. Se la dí y pretendí entonces realizar algún tipo de acercamiento, combatir la muralla cultural y acercarme a su exotismo para hacerlo próximo, compartible. Le pregunté de dónde era y me dijo que de Nigeria. Ni me miró a los ojos. Le hablé de fútbol, de algún jugador nigeriano que apenas rozó la primera división española y le pregunté si lo conocía. “De Nigeria no ha salido un solo futbolista que merezca la pena”, me dijo con una sonrisa que prometía no tener ningún interés en mi amistad. No tenía porqué hablar conmigo, ni siquiera pensaba ver el mundial. Al salir del supermercado, el encargado se acercó con los brazos en jarra, como quien tiene mucho que hacer pero se lo está pensando. “Este tío no me gusta nada”, dijo mirando a un horizonte imposible que terminaba en un cartel publicitario dentro de la tienda que mostraba una fresa antropomorfa y sonriente.
“Señorita Marta, acuda a caja por favor”. La cajera llamó esta vez de forma más apresurada, con prisas por terminar la frase. Habían pasado tres días desde la primera visita de la nueva amenaza del barrio y todos, como conectados al mismo presentimiento, pensamos en el pequeño y fornido negro abriéndose paso a machetazos por la puerta del supermercado como si de una selva tropical se tratase. Cuando llegamos a la puerta, la cajera y la panadera estaban más allá del umbral de la puerta mirando petrificadas algo que no alcanzábamos a ver. Al salir vimos al negro bajito encima de un tipo que no habíamos visto nunca, un tío muy alto con pinta de indigente, probablemente drogadicto, que le pedía por favor al negro que lo soltase. El negro no decía nada, solo lo tenía inexplicablemente atenazado con sus cortos pero fuertes brazos y nos miraba como preguntándonos qué hacer con el reducido gigantón, como si esperara que un gesto de nuestros pulgares decretara el destino fatal del pobre andrajoso. Ninguno de nosotros supo tomar la iniciativa hasta que, de pronto, el negro se levantó del pecho del verdadero ladrón, señaló a un lado de la carretera y allí vimos dos botellas de aceite de 6 litros de la gama más alta y cara. El negro se alejó de allí a paso lento, firme y desesperanzado, sabiendo que no habría medalla ni sincero agradecimiento, sabiendo que su gesto daba igual porque todo daba igual. Mientras un hombre digno y negro se iba a través de la calle, el encargado se apresuró, mirándolo de reojo, a recoger la mercancía rescatada.

2 comentarios:

alfonso dijo...

Magnífico Luis, ya te echábamos de menos...

lema dijo...

Gracias Alfonso, yo también me echaba de menos... :), y a ustedes también!!. Tengo claro que este escritor tiene mejores lectores que los lectores escritor.